miércoles, 16 de septiembre de 2015

¿Qué es un 'prom'?

Hoy quiero acordarme de undécimo grado. Muchos tienen cantidad de historias del último año de colegio, el primer escalón hacia la madurez. Hice parte de una promoción por la que, a decir verdad, los adultos de aquél entonces apostaban entre poco y nada y el descaro es que cada profesor lo reflejaba cuando entraba al salón, la cara de Jirafales se repetía cada hora, cada día, cada entrega de boletines en ese once, esa generación con la que terminé mi vida en el colegio.

Son muchos desafíos que se vienen en poco tiempo: algunos entran en la mayoría de edad y comienzan en febrero con tarjeta de identidad y terminan en noviembre con cédula. Los varones tienen que incrementar el abastecimiento de cuchillas de afeitar y las mujeres a darle más seguido al tema de la cera. Los hombres se enfrentan a la definición de su situación militar, a diciembre se llega vivo o reclutado, no hay otra opción. Además están el Icfes y la pendejada de escoger una profesión para la vida… ¡ufff!, ¡ah! Y por si fuera poco: ¡Hay que pensar en la despedida!, ¡Casi nada! ¡Por favor! ¿Excursión? ¿Pre prom? ¿prom? ¿post prom?

¿Y el rendimiento académico? Para allá voy, gracias al sistema de calificación implementado por el gobierno nacional, llegué a once sin perder ningún año, (¡No pues!, ¡qué logro! ¿Lo felicitamos?) Cursé mi último año con la condicional de pasar algunas materias pendientes de décimo (ese es el sistema que se manejaba, promotor de mucha vagancia, a propósito)

Como sea, en 1998 estaba en grado once, pero un once bastante peculiar. Resulta que sólo hubo un curso; tradicionalmente hay dos o tres y promociones que alcanzan los 100 alumnos. Es normal escuchar en los torneos intercursos Once A contra Once B y ese día se paraliza el colegio… Pero a mí no me tocó, consecuencia del sistema de promoción, que hizo que se disparara el número de ‘vagos’ que debían hasta la marcada de los cuadernos. Las directivas del colegio decidieron dejar sólo un once con aquellos que estaban limpios o medio-sucios que podían expiar culpas (mi caso); el resto, a repetir décimo.

Es una lástima, porque me perdí del clásico de clásicos: Once A contra Once B, a once B lo habían ‘descendido’ (típico en el país de las 'Dimayoradas'). Pero bueno, los que estábamos en once podíamos sentirnos como los consentidos del colegio con todo lo que se venía.

El ‘iluminado’

En abril llegó la hora de ajustar las cuentas pendientes. En Semana Santa tenía que aprenderme toda la física del año anterior. Lo que no había aprendido en diez meses debía superarlo en siete días ¿Cómo era eso posible? Era Semana Santa, la fe lo hizo posible. Aprenderse que la distancia es igual a la velocidad por tiempo, en un movimiento uniforme o que en un tiro parabólico tenemos una velocidad inicial, velocidad final, aceleración y gravedad, más un eje X y un eje Y, fue algo realmente estoico y de aplaudir. Sin detallar que también debía pasar ¡Trigonometría!

Por obra y gracia del Espíritu Santo fui tocado con su sapiencia y todo entraba y se quedaba en mi cabeza. Era tan mágico, que hasta tuve tiempo de recrearme yendo al estadio y ver Millos vs Cali. Inolvidable aquella noche… John Mario Ramírez puso tremendo pase gol…

A la hora de presentar las evaluaciones veía el milagro, cuando mi mano izquierda llenaba por primera vez las hojas examen dobles que en el pasado fueron todo un océano de cuadrículas vacías en las manos de la profesora Isabel. Ahora, ella, la verdugo, no podía con su cara. ¡JA JA JA! (Con eco) era vencida por este párvulo al que le estaban destellando chispas de nerd... ¡JA JA JA! (Otra vez con eco) Isabel se acostumbró a rajar, rajar y rajar… Culpa de los vagos, es cierto, pero yo ya no estaba en ese clan. ¡JA JA JA! No saliste sonriente, señora Isabel, ¡JA JA JA!

¿Preparación de Icfes?

El conglomerado de profesores tenía que hacer de tripas, corazón, recobrar algo de fe y apostarle a esa camada de 43 alumnos que sobrevivieron en aquél once para tratar de obtener un buen puntaje en el Icfes. Sí, era una buena motivación sentirse dentro del grupo de ‘elegidos’ que intentaría salvar la imagen de la institución.

Pero la fe alcanzó para mover montañas, no a este grupo de estudiantes. El curso no funcionó del todo bien, era un herido que debía ser salvado en un C.A.M.I... Prácticamente dado por perdido. El mal nivel desencadenó que las actividades extracurriculares, que todo alumno de once se merece, no llegaran. ¿Habría aunque fuera un chance de tener una convivencia, un anuario, una fiesta así fuera dentro del mismo colegio? La respuesta se veía llegar en una nube negra.

Las vacaciones de mitad de año se anunciaban con algo especial: reunión con los papás. ¡Ah bendita responsabilidad, llegabas a mala hora! El director de curso citaba a los acudientes para hacernos la vida imposible durante las vacaciones, se notaba que él era ENEMIGO PÚBLICO del deporte. Mi querido director en aquella reunión los instó a enviarnos a una preparación pre-icfes ¡NOOOOOOOOO!, este señor no se daba cuenta de que eso significaba que se me arruinaban mis planes de VER EL MUNDIAL DE FRANCIA 98. Ni siquiera le importó que Colombia estuviera entre los clasificados.

Y terminé inscrito en un pre-icfes en pleno Mundial (los que me conocen saben de qué soy capaz por no perderme un juego de fútbol con carácter de suma importancia) Camuflé un radio en la clase preparatoria y cuando el reloj iba a marcar la 1:00 p.m. como atleta en línea de salida esperaba a que sonara la campana (Saludos a Omar, quien desde octavo me enseñó ese pique endiablado a la hora de salida) 

Finalmente no sé si el pre-icfes sirvió de algo pues en el Icfes, no me salió ninguna pregunta ni tema parecidos a los que me hicieron estudiar. Pero eso sí, resultado de lujo anunciado ante todo el alumnado: 325 sobre 400. Sólo siete alumnos superamos los 300 puntos. ¡En ese colegio nos querían perpetuar con bustos de bronce!

La alcancía, ni se tocó

Pasaban los períodos y las cosas lucían como la parte norte de una vaca que mira hacia el sur. ¡Qué desastre de curso! Y todavía faltaba el remate de año, significando que los ánimos de la mayoría andaban por el suelo y las ganas de hacer fiestas, bazares o cuanta cosa patrocinara la excursión sólo las tenía un puñado de nerdos que presentían iban tener su diploma en diciembre. Y ni hablar de pre prom, prom,  post prom o cuasi prom… ningún papá financiaría la vagabundería.

De los 43 del curso, apenas unos 20 tenían esperanzas de lograr la anhelada graduación, por eso era lógico pensar que al resto no le importaba despedirse cuando ya se veía repitiendo al año siguiente. No habían ánimos ni para minitecas (¿Mini... Qué? ¡Qué carvernario!). El Personero de los estudiantes no tenía cara para pedir ayuda ante el Consejo Académico, sobre todo si tenemos en cuenta que en 1998, el colegio cumplía 25 años y la promoción de las bodas de plata nadaba en boñiga hasta el cuello…

Los grados décimo suelen contribuir con la fiesta de homenaje de despedida de los once, dicho homenaje resultó en un chuzo (lugar que pretende ser bar, pero por su apariencia y clientela no da la categoría) en la 174 con séptima, para eso alcanzaron el presupuesto y los ánimos.

Allí, acompañados de unas Águilas y un ambiente de pobreza, tuvimos nuestra despedida. Las niñas que suelen comprar sus vestidos para la fiesta más importante del colegio tuvieron que guardar ese dinero para otra cosa, un walkman, tal vez… (¿un qué? ¡Qué oso ni siquiera llegó a la era del Ipod!) En mi casa ni se enteraron que ese día era el día del adiós, porque alcancé a llegar a ver CMI y a alistarme para el día siguiente, como si nada hubiera ocurrido.

Y diciembre pasó factura. 16 nos graduamos en la ceremonia oficial de fin de año. 16 caras felices por haber logrado lo que parecía imposible, toda una epopeya, con grandes sacrificios, porque nos quedaron debiendo la excursión, los bazares, las fiestas y demás actividades que los de once tienen en cualquier colegio. Ese año ni siquiera nos dejaron cuidar a los cursos pequeños cuando los profesores se iban a reunión... ¿será que las directivas creían que les meteríamos malas mañas?

Seguramente las manzanas que venían en la fila para los años siguientes no salieron tan insípidas y fueron generaciones que sí aprendieron cálculo y contabilidad, disfrutaron de homenajes y fiestas, compraron vestidos para el grado y demás… en cambio, yo me gradué con la inclusión a un séquito de ‘nerdos’, que representaron aquellas bodas de plata en el colegio, pero aquello del ´prom’, la excursión o el anuario, quedaron en una fantasía que jamás probé.

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